Hórmesis – Lic. Unrrein Diego

Nutrición, psicología y ejercicio en su justa medida.

El hambre y las ganas de comer

Cuatro amigos se encuentran durante la hora del almuerzo. Comienzan a charlar un poco hasta que el primero dice:

-¿Y si entramos al restaurante? No como desde la cena de ayer y no desayuné ¡Necesito comer algo!

Almorzar no estaba en los planes, pero un segundo amigo responde:

-¿Les parece una pizza? Tengo ganas de una grande de mozzarella.

El tercero duda:

-Hace un rato comí unas medialunas. No tengo mucha hambre.

El que se está muriendo de hambre se sorprende.

-Pero si te gusta la pizza.

-Bueno si ustedes van, los acompaño…

Todos miran al cuarto amigo. Éste mueve la cabeza. No está seguro si necesita, le gusta o tiene ganas de comer pizza, pero no quiere decepcionar al resto. Entran los cuatro y al salir del restaurante todos habrán comido más de lo que pensaban.

Necesito comer algo

Comemos en primer lugar, porque necesitamos energía.

Cuando pasamos un tiempo sin comer, el cerebro advierte mediante una serie de señales químicas que la reserva de glucógeno del cuerpo (un tipo de energía de rápida disponibilidad que se consume antes que la grasa) está disminuyendo.

Cuando la comida llega al estómago algunas de esas señales químicas disminuyen y la alarma se apaga.

Lo que sucede a veces es que este sistema de mensajes químicos de la saciedad no siempre funcional de la mejor manera, y como ocurre a veces con el correo, los mensajes tardan en llegar. Desde que empezamos a comer nuestro cerebro tarda entre 20 y 30 minutos en darse cuenta que el estómago se siente lleno. Si comiéramos la misma comida pero en forma más lenta, el mensaje de saciedad llegaría antes y no necesitaríamos seguir comiendo.

Si pasaron menos de 3 horas de tu última comida y ya enfilás para la heladera, tomate un segundo y preguntate: “¿De verdad tengo hambre?

 

Hambre de cosas ricas

 

A la hora de la cena, las nenas se dirigen al padre:

-Pá, tenemos hambre.

-Qué bueno, porque ya está listo el puré de calabaza que hizo mamá.

-No, no lo queremos.

-¿Cómo? ¿No era que tenían hambre?

-Sí, pero tenemos hambre de algo rico.

“Cuando hay hambre no hay pan duro” dice el refrán, y es cierto. Si comiéramos sólo porque necesitamos las calorías de los alimentos (hambre fisiológico), cualquier cosa nos vendría bien. Pero pocas veces pasamos verdadero “hambre”. Por eso somos bastante selectivos y jamás se nos ocurriría comer engrudo todo el día.

En otras palabras, comemos también porque nos gusta.

El sabor, la textura, y sobre todo el olor de determinados alimentos nos producen placer. El placer asociado a los alimentos es una recompensa, y nos motiva a repetir continuamente la experiencia agradable.

El comer porque nos gusta (también llamado hambre hedónico o apetito) tiene también su propio circuito de mensajes químicos, que es distinto del del hambre fisiológico. El consumo de alimentos de buen sabor, la mayoría ricos en grasa o azúcar, hace que se liberen sustancias llamadas opioides que estimulan el centro cerebral de la recompensa.

Como lo que nos motiva no es calmar el hambre sino el placer de la recompensa, podemos seguir comiendo mucho más allá de lo que realmente necesitamos. Por esta razón es importante moderar el consumo de grasa y azúcar; que siempre nos “piden más”.

 

Cuando las personas realizan dietas restrictivas donde se suprimen los “gustos”, es posible que se produzca una especie de “síndrome de abstinencia”, similar a cuando se deja de fumar. El cuerpo siente que algo le falta, y nos parece que tenemos hambre. Sólo que no es hambre fisiológico, sino, como dicen los chicos, hambre de “cosas ricas”.

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Esta entrada fue publicada en 26/01/2015 por en Obesidad y etiquetada con , , , , , .
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